Café de Altura

norastar mini

Hace ya más de un mes de mi llegada a Washington, D.C., y todavía intento descubrir lo que significa ser extranjero en este país. Me siento tranquila pues sé que estoy en la aclamada tierra de las oportunidades. Pienso en tomarla con calma y empezar por explorar.

Decido aprovechar la bicicleta que me prestó mi amiga y me aventuro hacia Georgetown, un barrio conocido por sus calles coquetas, casas victorianas y parques. El camino que tomo resulta mucho más empinado de lo imaginado y descubro que mi condición física no se encuentra en el mejor estado. Acalorada de tanto pedaleo, opto por hacer una escala y así decidir con calma hacia donde seguir el paseo.

Un poco más, tomo aire y al dar la vuelta a la esquina suspiro. En frente mío descubro una sucursal del internacionalmente famoso café con logotipo de sirena, no podía fallar. Entro y al tiempo que disfruto del aire acondicionado me debato por decidir qué tomar, no es la primera vez que me siento seducida por las dulces y elaboradas bebidas que hay en su repertorio de supuesta cafetería.

-Un americano por favor.

Lo digo con un acento forzado ya que si pronuncio “grande americano” como suena en español no me entienden. Observo predispuesta al chico que prepara mi bebida, pues me ha pasado en otras ocasiones que me entregan mi café con doble vaso además de la manga de papel para evitar quemaduras. Sucede de nuevo y al canto de “grande americano” anunciando que mi bebida está lista, me aseguro que no hayan escrito nada en el vaso externo y se lo devuelvo al empleado.

-Solamente necesito uno, gracias.

Me mira desconcertado, quita el vaso extra y lo lanza al basurero y dice con titubeos que lo tiene que tirar. Mis ojos sorprendidos se encuentran con otro cliente igualmente apantallado quien sin dudarlo comenta:

-Estamos en el lugar equivocado.

Asiento y trato de explicarle al empleado que le había devuelto el vaso para que lo utilizara después y no se desperdiciara. Como no obtengo respuesta me voy resignada a sentar para tomarme mi café en un sólo vaso. Elijo al azar una mesa detrás del mostrador e intento recuperarme tanto del cansancio de la bicicleta como del ridículo evento del vaso.

Alcanzo a entender entre murmullos algunas palabras que vienen del mostrador: americano, vaso, basura. Al notar el tono elevado de las palabras me levanto y veo al empleado haciendo aspavientos con las manos mientras habla con el encargado del lugar.

Les comento muy tranquila que yo soy la persona del americano y trato de explicar lo sucedido ya que parecía haber alguna confusión. A continuación, el encargado que parecía aún más desconcertado que el chico que preparó mi café me pregunta si hay algún problema con mi bebida.

-Mi bebida está perfecta, gracias por preguntar.

Como si mi respuesta hubiese sido la equivocada, el encargado comenta que le da pena lo sucedido y, al tiempo que su gesto comienza a deformarse, me pregunta si soy consciente de que la empresa es propiedad privada y que como tal ellos pueden hacer lo que quieran y como quieran.

Después de un silencio, asiento.

-En efecto señor, pero tal vez podrían aceptar una sugerencia de uno de sus clientes.

Mientras termino la frase entra en escena el empleado quien había desaparecido pero ahora me dice muy agitado que no podía reutilizar ese vaso, aunque nadie lo había usado. Explica que el vaso ya estaba sucio porque yo lo alcancé a tocar con mis manos, con las mismas con las que acababa de tomar el dinero para pagar. Él sabe que sus manos están limpias pero de mí no sabe nada.

Muy sorprendida agradezco su explicación y él responde que no le gusta que la gente hable de él en su cara. El chico desaparece nuevamente mientras el encargado añade:

-No es su trabajo consentirte ni darte explicaciones. Imagina que tuviera que hacer caso de lo que sugieren los miles de clientes que entran en este establecimiento.

Silencio. Respondo todavía sin alterarme:

-Señor tiene usted razón, el problema es mío por haber decidido venir a este café, a esta propiedad privada.

-Si no te parece, la calle está llena de lugares donde puedes ir a tomar café.

Siento como se me retuerce el estómago, me levanto y extendiendo el brazo le devuelvo el americano grande prácticamente lleno y le digo:

-No se lo tome, está sucio.

Salgo del establecimiento y me siento en unos escalones mientras me recupero de mi añorado descanso no logrado. Volteo a mí alrededor tratando de encontrar una mirada cómplice pero solamente me topo con la del encargado que sale del café y al notar mi presencia camina hacia mí. Me adelanto:

-Señor como para mí si es importante tratar bien a las personas le pido que haga favor de no hablar conmigo. Que tenga un buen día.

-Si quieres estar afuera puedes pasar a la terraza que tenemos a la vuelta.

-¿Qué dice? Decidí seguir su recomendación y salir a tomar café a alguno de los muchos establecimientos que abarrotan la calle. Así que déjeme en paz porque mi paciencia tiene límites.

El encargado enloquece y su cara muestra un gesto desfigurado nuevamente.

-Pues si no te habías dado cuenta estas en un lugar de calidad. Y no en cualquier sucursal, sino en el de Georgetown, una de las zonas con más clase en el país, no, es más, en el mundo.

Pausa.

-Y si esto no es lo suficientemente bueno para ti, te sugiero que no solamente te vayas de este café. ¡Vete de la ciudad!

Pausa.

-Mejor aún, ¡Vete del país!

Me levanto boquiabierta y al quedar parada sobre los escalones en los que me había sentado lo miro desde una altura mayor. Ahora si estoy enojada y siento cómo voy perdiendo los estribos; no me queda mas que decir en mi mejor francés (con acento en inglés) algo así como…

-INGUESU!

El encargado regresa a su establecimiento de altura y clase mundial y yo me subo de nuevo a mi bicicleta prestada. Sin preocuparme por el camino sigo cualquier ruta en estas calles capitalinas tan distintas a las de mi otra capital defeña.

Mientras continúo la exploración pienso en el evento recién vivido y en la tierra de las oportunidades. Viene inevitablemente a mi mente el acento extranjero del encargado de la cafetería que hasta yo pude notar.

Mas allá del empleado que me atendió, esta experiencia poco afortunada me llevó a reflexionar e investigar entorno a los lineamientos ambientales que esta empresa promueve. Basta con ingresar a su sitio en internet para descubrir que, además de tener una variedad de programas a favor de cuidado del planeta, tienen una campaña en la cuál motivan al cliente a traer a sus establecimientos su propia taza para que ahí se le sirva el café. Sin embargo al pedir un café americano, sin preguntar te lo dan en dos vasos y al regresar uno de ellos, inmediatamente lo tiran a la basura. Vaya contradicción.

“Tenemos la misión de desarrollar con entusiasmo clientes satisfechos siempre”…

FOTO Nora Bielak

Este artículo fue publicado originalmente en Reconecta 02 (primavera 09).

Nora Bielak

Psicóloga, psicoanalista. Excondechi, wachingtoniana y nuevamente condechi. Ambientalista lait. Manzanodependiente, aprendiz de dibujo y chef experimental. Busco trabajo, ¿alguna oferta?

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